viernes, 10 de abril de 2015

¿Y quién es este man? Parte 1.

Tía Lucero cargándome de bebé... No sé que me pasó
yo era lindo
Y bueno, ¿por dónde empezar?
Nací el 29 de noviembre de 1983, es decir, para el momento en que escribo esta nota tengo 31 años cumplidos.
Nací y crecí en el seno de un hogar clase media, humilde, conformado por mi papá, un hombre de origen incluso campesino, nacido en Piendamó Cauca, recio y muy difícil como persona, mayor de solo 3 hermanos sobrevivientes, que vendía ropa en el almacén ZAZ, un prestigioso almacén de ropa elegante en la ciudad de Cali perteneciente a su tío Augusto (hermano menor de su padre) caracterizado porque eminencias de la alta sociedad eran sus clientes, incluso los mal llamados "patrones", mejor dicho, los cochinos narcos, pero, no se dejen engañar, mi papá contrario a lo que pueden imaginarse ustedes al mencionarles tan distinguidos clientes, no era que ganara mucho, de hecho, no tenía un sueldo fijo, ganaba por comisiones, básicamente, si vendía había platica, de lo contrario..."pailas".
Mi madre, una humilde señora, nacida en Roldanillo Valle, auxiliar de enfermería, segunda de siete hermanos (para cuando nacía ya mi tío, su hermano mayor, había fallecido, por ende ya no eran 8), la dulzura en pasta, cuyo gran problema en la vida se reduce a ser demasiado buena persona en un mundo hostil y en una sociedad como la caleña.
Mi hermana Lina María cargándome pocos días después
de haber nacido.
Tengo una hermana mayor, la cual en este momento está casada y tiene mis dos grandes alegrías, mis dos sobrinos, Simón de 6 años y Martina de 3, aunque ya los dos están a punto de cumplir años en junio y septiembre respectivamente.
Desde pequeño fui muy inquieto, cuenta mi madre, que de niño, si en la mañana había llovido y en el jardín infantil no podían sacarnos a jugar, al llegar en el transporte ella siempre me esperaba en el antejardín de nuestra casa, la hacía esperarme ahí parada mientras yo como loco corría de esquina a esquina de la cuadra, para poder quemar un poco de la energía acumulada al no haber podido jugar en la mañana con mis amiguitos.
De mi papá heredé la parte deportiva, que además dada mi hiperactividad me caía como anillo al dedo. Mi papá también desde pequeño se dedicó al deporte, de hecho, su historia pudo haber sido muy distinta si no hubiera sido porque el destino con sus caprichos se lo impidió, pues, mi papá, el de origen humilde, llegó a pertenecer al América de Cali, un prestigioso equipo de fútbol de la ciudad, era arquero, pero en una carrera de ciclismo, se fracturó la clavícula... Adiós carrera futbolística. En fin, como les acabo de mencionar, mi papá también era amante del ciclismo, desde muy pequeño quiso inculcarme esa pasión, me inscribía a carreras como el "Caracolito Infantil de Ciclismo", incluso el mismo me entrenaba para llegar bien a las carreras, cuando entró la onda del ciclomontañismo, también me llevaba a acompañarlo a los famosos ciclopaseos, si bien me divertía y para ser pequeño me rendía, nunca me apasionó, más era muy especial para mi, pues, para cada niño, no hay Superman, Batman ni ningún héroe que ocupe el lugar de tu papá y para mi era compartir con este y además tratar de sentir su aprobación y orgullo al vencer miedos, cansancio y dolor por simplemente llegar a las metas lo más cerca a él posible. Un dato curioso, el man era bueno descendiendo, y alguna vez en uno de los descensos más pronunciados que tuvimos, me dijo, "nos vemos abajo", a lo que asentí muy inspirado, como rayo el comenzó a bajar, yo daba mi mejor esfuerzo y despliegue de adrenalina por bajar lo más rápido con mi bicicletica (que no era una todo terreno ni mucho menos profesional), pedaleaba y pedaleaba como loquito hasta que la velocidad ya no me permitía hacerlo, el timón comenzó a zigzaguear, perdí el control de la bici, lo único que atiné a hacer fue mandar mis deditos a los frenos, me fui resbalado, me salí en una curva a una pequeña berma de piedras, gracias a las cuales y con la ayuda de un pequeño árbol del que logre sostenerme con mi mano izquierda, me ayudaron a frenar a poco menos de 2 metros de una pared (abismo). Al recomponerme retomé mi camino, pálido, blanco, más blanco de lo que soy, me encontré con mi papá al final del descenso con una sonrisa por reencontrarse conmigo, desconociendo completamente la aventura que había acabado de vivir, de hecho, al sol de hoy, quien lea esto, lo sabe, más el aún no lo sabe.
Siguiendo con el cuento de mi hiperactividad, si hubo algo difícil de enseñarme, (tanto o más difícil que enseñarme a pronunciar la "R" y no nasalizar mi voz) fue nadar, y no por falta de condiciones, un problema de motricidad ni mucho menos, sino porque a cuanto curso me llevaban, no me aplicaba, siempre he tenido problemas con la enseñanza tradicional y con aprender al mismo ritmo de los demás, por ende, cuando trataban de explicarme cómo hacer los movimientos correctos para aprender a nadar, sin más ni más, me salía de la piscina, corría al extremo opuesto de esta diciendo "yo eso ya lo sé" me tiraba de nuevo, donde estuviera lejos de quien me controlara con el mejor estilo de un ladrillo y tratando de tragar la menor cantidad de agua mientras me rescataban.
Mis padres decidieron hacer un último intento, con gente más "profesional" que me enseñara a nadar, fue así como llegue a la escuela de la Liga Vallecaucana de Natación y me tocó con el instructor Fernando "Fercho" López, clavadista de la liga para esa época. Con el me sentía muy bien, supo llevar de buena manera mi hiperactividad y vio en mi potencial pues el miedo era algo que sabía controlar bien pese a mi edad, tal vez no el miedo, sino que no era consciente de los riesgos más bien, fue así como casi sin darme cuenta, a mis 7 añitos terminé entrenando clavados. En poco tiempo me destaqué, no es muy común encontrar niños de esa edad que se tiren de plataformas y se atrevan a sacar nuevas figuras de manera tan natural y rápida. Era feliz, en tan poco tiempo había encontrado un lugar donde encajaba, un ejercicio perfecto, pues tras de que la parte física previa al entrenamiento era fuerte, ni que decir de entrenar actividades acuáticas. 
En clavados progresé bastante rápido, viví en carne propia la forma en que en el Valle nos inculcan la competencia deportiva,el respeto casi divino hacia nuestro departamento y el celo con el que se defienden y se hacen respetar los colores de nuestra bandera. Fui campeón departamental durante los años que estuve en este deporte, se me escapaban a veces algunas modalidades, pero en las generales siempre fui el campeón, más algo que nunca entendí ya después de un tiempo, es por qué nunca me llevaron a ningún lado a competir, de peque esos reconocimientos, no entendía su real dimensión. De hecho, para la época que yo entrenaba clavados, uno de mis referentes era el actual campeón mundial de clavados de altura "Orlando Duque", ¡era un ídolo el man!
Pasaron 3 años en este cuento, hasta que un día, hacia octubre del 93, al colegio llegó otro de los grandes mentores de mi vida, el señor "Jairo Palacios", el cual delegado por la Liga Vallecaucana de Patinaje, tenía entre sus funciones la masificación del hockey en el departamento. Yo tenía una idea muy distinta a lo que es el hockey que el ofrecía, pues para esa época el "TV Cable" hacía sus pinitos en el país y yo veía por tv hockey, pero hockey sobre hielo, el cual difiere mucho del que actualmente practico, pero, con esa idea en la cabeza, convencí a varios de mis compañeros que nos metiéramos y entrenáramos. Al igual que con los clavados, la poca consciencia del riesgo, me llevó a progresar rápido, jugábamos torneos donde el menor número de goles que nos metían eran 8, y eso porque no les daba la gana de meternos más, sino porque ¡hasta los arqueros les daba por salir a jugar!. Así de malos éramos, pero... Era feliz.
Para esa época aún entrenaba clavados, las Piscinas Panamericanas en Cali, entraron en remodelación, lo cual nos obligó a trasladarnos a entrenar en las piscinas Alberto Galindo, lo cual me caía de perlas, pues quedaba a solo el estadio de fútbol de distancia de la pista de hockey de la liga donde llegué a entrenar poco tiempo después de empezar a entrenar en el colegio, pues los equipos de la liga me habían propuesto, viendo mis condiciones, que me fuera y entrenara con ellos. Así pues, mi agenda era bastante apretada a mis 10 años, estudiaba de 7:15 AM a 2:15 Pm, llegaba a mi casa tipo 2:45 P.M, entrenaba clavados de 3:30 PM a 6:00 PM y de ahí, me ponía los patines para deslizarme por la calle hasta la pista de hockey y entrenar de 7:00 hasta las 8:30 PM. chichí, popó y a la cama.
La verdad esa rutina duró poco, pues, efectivamente yo llegaba a las piscinas a entrenar a las 3:30 PM, más entrenar clavados ya no era lo mío, hacía las 4:00 PM me ponía los patines y me iba para la pista a sentarme, solito, con mis patinsitos puestos hasta las 7:00 PM que empezaba mi entreno de hockey. Fue en ese entonces, viéndome sentado sin hacer nada, calladito viendo entrenar a las niñas de patinaje artístico que ya era inevitable, estaba enamorado, este deporte me había robado el corazón y ya no había nada que hacer.

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